
Esta es como una reunión: la gente se come a sí misma; por ahí se ven restos de personas que aún se alcanzan a tragar; por allá sólo quedan cabezas sobre una mesa. Allá se ven un entresale de gente de los cuartos de una habitación, como escondiéndose entre los filos de las paredes, mimetizándose como diciendo que en las fiestas se anda con deseos de todo tipo y tragadero de todos contra todos: felices y amargados y frustrados y soberbios como siempre y como es de natural en esos casos, no es tristeza sino el asombro de siempre de esos casos. En medio unos se penetran y se abren, no es tanto que la cosa sea pública sino que quiero decir que todo es cogible y aperturable: la desesperación del agujeramiento impuesto y la carga del falo como deseo cabrón, más que carga, más que destino: un dios que mandata todo, en la salud y en la enfermedad: todo de alguna manera, no decisivamente pero sí la magma de las personas que estamos atrapados en los deseos y no en otra cosa, ni es asunto de libido ni otra madre sino los que asumen su dios y los que viven como cuestionándolo dentro de sí. Así es. Por allá uno quiere depositarse en boca de otra, pero la otra trae un mejor falo que es la lengua que se sale por todos lados y el otro para penetrar requiere dejarse penetrar de ella. Todo pura neutralidad y falsa conciencia que es la única. De hecho el fabular de ella es lo que manda es la negociación: déjate penetrar por mi fantasía y te permito la tuya que se concentra en la punta del falo. Total, nadie gana y todos pierden al dejarse ganar viniéndose.