Veinticuatro.
Mira: la teoría es ésta, déjame, ¿me permites leértela? El otro, amable, también alcohólico, vio la mujer que entraba al bar, una con tetas presenciales y el cinismo de la sonrisa triunfante de principio. Las demás mujeres se rieron de ella. Estaba empapada de lluvia, con un cabrón detrás, de esos de moto, con pulserotas. Feliz por las armas que traía detrás, nalgas de lujo para la derrota sexual de las demás por lo menos en ese campo de significados.
Mira, te leo, es poquito: desmujerarse es sacar el centro de uno del centro de la mujer, la mujer donde imaginariamente pones tu estar en vilo, estar en disposición, estar en un ser para ella y no ser para uno. Desmujerarse es apropiarse de sí y ponerse a disposición de sí y no de la eterna ausencia de uno en consideración de lo que le hace falta a ella como desesperación infinita. No hay llenadero, no lo hay. Detrás de esa fragilidad, la animalidad voraz, consistente y continua, la que puede, la psíquica. Siempre hay diente y siempre una falta. Mujérate, de donde el proceso de uso bucal y rumiante dió > muérete.
El otro asentía y festejaba bendito de alcohol. Pensaba: -ni modo ahí está la verdad, ella está con él, con ese otro, bien visible para todos, contenta de decirnos ya llegué, véanme, las tetas y esto detrás que la justicia me dio, es mi poder, hoy gané y no habrá teoría alguna que lo desdiga: de esto se trata y no de otra cosa-.